martes, 20 de marzo de 2012
5º Domingo de Cuaresma
domingo, 11 de marzo de 2012
4º Domingo de Cuaresma
lunes, 5 de marzo de 2012
3er. Domingo de Cuaresma
El Evangelio de Juan 2, 13-25, nos presenta a Jesús distinto del que estamos acostumbrados, está enfadado y airado con aquellos que habían convertido en un negocio, el Templo de Dios. Jesús expulsa a vendedores y cambistas, pero ¿Por qué actuó así? ¿Cómo interpretamos este arrebato de Jesús?
Sus discípulos recordaron las palabras del Salmo “el celo de tu casa me devora” y es que el amor por su Padre es tan fuerte e intenso, que le consume en su interior, es como un fuego incontenible, un fuego que le lleva a purificar la casa de su Padre de todo aquello que lo profana.
El Templo es casa de oración y es el lugar donde nos comunicamos con Dios, allí uno puede abrir su corazón, para dejarse llenar por Él, es el lugar íntimo, dónde dejamos que Dios nos acoja en sus brazos, y en esa intimidad, nos sentimos Hijos suyos.
Nosotros como cristianos, tenemos que respetar a Dios, por encima de todo y reconocerlo como el único Señor, tenemos que rechazar todos los cultos falsos que se basan en la búsqueda del dinero y el poder, en vez de basarse en la justicia, la paz y el amor. Esta es la explicación del enfado de Jesús.
Los judíos le piden un signo, y Jesús les dice “Destruid este Templo (que es su Cuerpo) y yo en tres días lo levantaré (con su resurrección). Su muerte y resurrección, será el signo definitivo, para dar autenticidad a su obra y misión.
Jesús es el nuevo Templo, el lugar de encuentro del hombre con Dios y todos los que se unen a Jesús por la fe y el Bautismo, forman en Él un mismo Templo.
Dos preguntas me invitan a la reflexión ¿Has percibido alguna vez en tu corazón el deseo de buscar a Dios? Y si así ha sido ¿Dónde lo has buscado?
Los cristianos lo buscamos en Jesús, y en la comunidad, que se reúne en su nombre.
Muchos lo buscan en los Templos, otros en acontecimientos de la vida y por supuesto, en las propias personas.
Recorre el camino de la fe, busca a Dios a través de la oración, acógelo, y colócalo en el centro de tu corazón, y déjale hablar y actuar libremente en tu vida.
Hay muchos ejemplos de gente sencilla, que experimenta la presencia de Dios, y su vida es una constante manifestación del amor y la misericordia de Dios y están dispuestos a entregar su vida por los demás, Teresa de Calcuta es un bello y claro ejemplo de ello, ella sí que fue un verdadero y claro Templo de Dios.
jueves, 1 de marzo de 2012
2º Domingo de Cuaresma
En aquel tiempo, Jesús invitó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos, secretamente, a un cerro muy alto. Y allí cambió de aspecto delante de ellos. Sus ropas se volvieron esplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo sería capaz de blanquearlas de ese modo. Se le aparecieron Elías y Moisés,* los cuales conversaban con Jesús. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Levantemos tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. En realidad no sabía lo que decía, porque estaban aterrados. Y se formó una nube que los cubrió con su sombra, y desde la nube llegaron estas palabras: “Este es mi Hijo amado; escúchenlo”. Y de pronto, miraron a su alrededor: no vieron ya a nadie; sólo Jesús estaba con ellos. Cuando bajaban del cerro les ordenó que no dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron el secreto, aunque se preguntaban unos a otros qué sería eso de resucitar de entre los muertos.
¿Te imaginas ser invitado por Jesús? La sola idea de ello ya me atrapa en el inicio de este texto. Desde el comienzo notamos un aire de intimidad (ellos solos) y de misterio (secretamente), por lo que ya se adivina que algo importante va a suceder.
El lugar elegido un cerro, pero un cerro muy alto, quizas para querer representar la cercanía a Dios. Y de pronto sucede lo inesperado, las ropas de Jesús se transforman, se vuelven de un blanco resplandeciente, qué esta sucediendo, no son las ropas las que están produciendo este fenómeno, es el mismo Jesús el que se ha transformado, es la luz que sale de Él la que transforma sus vestimentas.
Pedro está confuso, tanto que le lleva a decir palabras sin sentido, lo mismo que nos pasa a nosotros ante la presencia de Jesús transfigurado.
Jesús se me presenta con Moisés y Elías, en Él recapitula la ley y los profetas. Jesús nos muestra el camino a la Resurrección, que pasa idefectiblemente por la Cruz. Una Cruz que no es un signo de sufrimiento, sino de Amor. En ella, Dios nos ha mostrado el mayor amor de que es capaz. Llega incluso a renunciar a su Hijo, cuando ni a Abrahám le consintió pasar por ese suplicio, por el suplicio que para un padre perder a un hijo.
La tentación de Pedro es la misma que tenemos cualquiera: llegar a la gloria sin pasar por la cruz, la de llegar a la luz sin pasar por el gastarme y desgastarme por los demás. La contemplación que no nos devuelve a la vida no es auténtica contemplación, y viceversa, el desgaste de mi vida que no hago porque en el que tengo al lado veo a Dios y lo contemplo así, no es auténtica vida.
El texto nos lleva más alla, y la presencia de Dios en forma de nube y palabra nos dice que es el mismo Dios el que está realizando la transfiguración de su Hijo. Dios nos habla a través de Jesús.
Me pregunto, si me pego tanto a Jesús como sus túnicas, ¿también a mí me pasará lo mismo que a ellas?, ¿me iluminaré?, ¿podre ser un ser con luz? y la respuesta es sí, pero para ello una premisa: Dios me dice: escúchame y hazlo a través de mi Hijo.
martes, 21 de febrero de 2012
1er. Domingo de Cuaresma
Texto: Mc 1, 12-15
En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed en el Evangelio».
Comentario: (Realizado por José Luis)
No creo yo que haya de interpretarse la letra textualmente: “el Espíritu empujó a Jesús al desierto…”. ¿Cómo iba a empujar el Dios-Espíritu a lugar tan inhóspito al Dios-Hombre? Parece más suave si decimos que influyó en El, con la propia fuerza del Espíritu hacia algo que, bien mirado, tenía poco de agradable. Al desierto… lugar inhabitable, vacío de algo positivo, seco, árido… Si al menos hubiera sido a un oasis…
Alimañas con las que convivía era lo único que habitaba aquel lugar. Dice Marcos que los ángeles le servían, eran su único apoyo, su único consuelo, su única compañía.
¿No sentimos a veces, nosotros mismos, encontrarnos en un paraje semejante? La soledad nos invade, el sufrimiento nos aniquila, el miedo nos corroe… Pero nos cuesta ser capaces de elevar los ojos al cielo y esperar la bajada del ángel que nos proteja, que nos dé aliento, ánimo, fuerza…
Y Jesús, una vez transcurrido el plazo, se marchó a proclamar el Evangelio, lleno de fuerza, de vida, de argumentos, que había encontrado en el desierto, una vez recibido el Bautismo de Juan. Y nos grita: “Convertíos, y creed en el Evangelio”.
Este ángel, que nos dé un valor semejante al que dio a Jesús, es al que debemos esperar y encontrar, para que nos haga capaces, primero de sentir nuestra propia conversión y creer a pies juntillas en el Evangelio. Y después nos preste ayuda y apoyo para pedirlo, exigirlo a los demás, a todos aquellos que deseen verse, encontrarse con Dios, acercándonos a El, yendo con El de la mano.
Dos temas distintos se enfrentan en este pasaje evangélico tan corto: pasar primero por el sufrimiento, y ya una vez asimilado, proclamarlo con vigor por todo el mundo, a todas las personas, ser decididos en su evangelización. ¿Somos capaces de sufrir primero y de proclamar después? Este, y no otro, es el camino.
sábado, 18 de febrero de 2012
7º Domingo del Tiempo Ordinario
Texto: Mc 2, 1-12
Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaúm, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la Palabra. Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados quedan perdonados». Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: «¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?» Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico “tus pecados quedan perdonados” o decirle “levántate, coge la camilla y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados...» Entonces le dijo al paralítico: «Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa». Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: «Nunca henos visto una cosa igual».
Comentario:
Este 19 de febrero celebramos el 7º Domingo del Tiempo Ordinario y seguimos la lectura continua del evangelio de Marcos 2, 1-12. De nuevo, como en los domingos anteriores nos encontramos con un hecho milagroso, la curación de un paralítico delante de un montón de gente. En cuanto al texto resaltar que la fe que observa Jesús y que le mueve a curar al paralítico no es la del mismo paralítico (que ni hace ni dice nada, hasta el momento de coger la camilla e irse) sino la de las cuatros personas que le llevaban. De nuevo, no hay hechos prodigiosos, ni gestos exagerados en los milagros de Jesús, la sola Palabra es suficiente, ante el asombro de la gente. Por otro lado, está la controversia con los escribas que pensaban que Jesús no podía perdonar los pecados, en su corazón le acusan de atribuirse reservadas a Dios. El milagro no es más que la prueba para demostrar que Jesús es Dios, que la curación física es consecuencia de la curación interior que obra el perdón de los pecados (no en vano la Iglesia considera la reconciliación un sacramento de sanación) y, por último, de su restitución a la sociedad, a la comunidad. Y el asombro de todos, Jesús no hace los milagros porque sí, ni para que se vea el poder que tiene, ni para que le demostrar que es Dios, sino para que seamos conscientes que el Reino de Dios está entre nosotros, que ha comenzado ya, y movernos a actuar, a continuar esa construcción de ese Reino de Dios en nuestra sociedad.
Para nosotros el mensaje debería ser que no tenemos por qué estar necesitados para que Dios actúe a través nuestro, que nuestra fe puede ayudar a los demás. Y eso, es también construcción del Reino. Que podemos provocar en los demás la conversión, que podemos llevarlos a Dios, que nuestros actos no sólo nos valen a nosotros sino también a los demás. En cuanto a los escribas, ¿cuánta gente vemos a nuestro rededor que critica y pretende que nuestra fe no es respuesta a la Revelación divina? ¿Cuántas veces nos erigimos en los únicos portadores de la verdad, sin ser conscientes del daño que podemos causar o del bien que evitamos por hacerlo? ¿Cuántas veces somos escribas? Dejemos a Dios ser Dios y actuar en nuestras vidas.
martes, 7 de febrero de 2012
6º Domingo del Tiempo Ordinario
Este 12 de febrero celebramos el 6º domingo ordinario y leemos Marcos 1, 40-45, es la curación de un leproso.
La imagen es la de un hombre enfermo, lleno de llagas y costras, de pies a cabeza abandonado por todos, repudiado, desgraciado y triste, es un impuro y ha de estar sólo y aislado, tampoco puede entrar en el templo, las leyes dicen ¿cómo va Dios a acoger a un ser tan repugnante?
El leproso se acerca a Jesús, en un acto de desesperación, sabe que es su última salvación y no tiene nada que perder, de hecho lo ha perdido todo, se arrodilla ante Él y le dice: “si quieres, puedes salvarme”, la primera nota importante es que nos enseña a orar (le dice: si quieres), y nos dice como acercarnos a Él, no le dice que le cure, sino que le salve, es decir reconciliarse con Jesús, tener plena y absoluta confianza en Él, y nos deja claro que su sufrimiento no es sólo físico, sino también espiritual, en ambos casos no debemos estar solos, necesitamos de alguien que nos ayude a mitigar nuestro dolor.
Jesús le toca, le acaricia, se conmueve al verlo, la mano de Jesús es compasión, misericordia, dulzura y amor. ¿Puedo imaginarme, que maravilloso debe haber sido para este leproso sentirse tocado por alguien? ¿Cuánto tiempo llevaría sin ningún gesto del amor? Jesús le dice: “Quiero, queda limpio” es la respuesta del amor ante el sufrimiento.
Jesús se salta la ley que margina y excluye a las personas, las personas están por encima de la ley, la única ley es el amor.
Eso es lo que Dios quiere, limpiar al mundo de exclusiones, no es Dios quien margina, sino nuestras leyes, nosotros mismos. Seguir a Dios significa dar la mano al que lo necesita, acogerlos con amor, mostrarles ternura, ayudar a los que sufren. Poner siempre por delante la norma, nos hace insensibles e inhumanos.
El leproso cuenta a todos su curación, no tenemos que callarnos, hay que dar testimonio de la experiencia que uno tiene con Jesús.
¿No es verdad que nosotros, aunque estemos sanos tenemos algo de lepra? Nuestra actitud debe ser como la del leproso, reconocer nuestra lepra, acercarnos a Dios con convicción y sin temor, pidiéndole que nos salve, enseñarle nuestras llagas y arrodillarnos ante Él, con valentía, confianza y sinceridad.
En nuestros días son muchos los marginados que malviven en la miseria, sin pan, sin trabajo, sin casa donde dormir y vivir. Jesús nos llama hoy, a todos los cristianos a una lucha contra este pecado de la sociedad mundial o de cualquier religión que margine precisamente a quienes más necesitan de las manos de todos; unos de una manera otros de otra, estamos implicados, aunque sea con nuestro silencio, en este gran pecado de la marginación.