martes, 13 de abril de 2010

3er Domingo de Pascua

Texto: Jn 21, 1-19
En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?» Ellos contestaron: «No». Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger». Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Vamos, almorzad». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: "Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?" Le dice él: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero." Le dice Jesús: "Apacienta mis corderos." Vuelve a decirle por segunda vez: "Simón de Juan, ¿me amas?" Le dice él: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero." Le dice Jesús: "Apacienta mis ovejas." Le dice por tercera vez: "Simón de Juan, ¿me quieres?" Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: "¿Me quieres?" y le dijo: "Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero." Le dice Jesús: "Apacienta mis ovejas. "En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras." Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: "Sígueme."

Comentario:
El Tercer Domingo de Pascua que celebramos este 18 de abril, leemos el Evangelio de Juan 21, 1-19.
El texto recoge el momento en que una vez resucitado, Jesús se aparece a sus discípulos, quienes llevan a cabo una pesca milagrosa y almuerzan con él; Jesús mantiene un diálogo con Pedro en el que por tres veces le pregunta si le quiere. El diálogo es especialmente rico y lleno de matices. Si nos fijamos bien, las dos primeras veces le pregunta si le ama, la tercera si le quiere. Después de cada contestación Jesús le manda apacentar el rebaño. Al final, le dice a Pedro: Sígueme.
Si nos fijamos bien las analogías con los hechos de la última cena son claros, entonces Pedro no podía seguir a Jesús y lo niega por tres veces, ahora le debe seguir y las negaciones se han convertido en afirmaciones de amor.
Sé que dependerá de la traducción del texto que tengáis, pero me parece especialmente interesante el matiz, por dos veces pregunta si me amas y la contestación de Pedro es: “Sabes que te quiero”, por último Jesús pregunta si le quiere y Pedro se entristece, porque le pregunte por tercera vez. Todos sabemos que querer no es lo mismo que amar. Las preguntas de Jesús van de más a menos implicación y la contestación de Pedro es la misma en las dos primeras: “Si, Señor, sabes que te quiero”. La última cambia porque Pedro se da cuenta de la actitud de Jesús.
Las preguntas de hoy, las ha hecho Jesús… Enrique (poned vuestro nombre) ¿me amas más que estos?... Enrique ¿me amas?... Enrique ¿me quieres?

lunes, 5 de abril de 2010

2º Domingo de Pascua

Texto: Jn 20, 19-31.
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
Comentario:
Este 11 de abril celebramos el segundo Domingo de Pascua y leemos Jn 20, 19-31. El texto recoge dos apariciones del Resucitado una sin estar presente Tomás y la segunda con él. El pasaje en el que Jesús corrobora la fe de Tomás permitiéndole que introduzca sus dedos en las agujeros de los clavos y metiendo su mano en la herida del costado. Por último, el evangelista recoge un pequeño comentario escrito para que podamos descubrir que Jesús es el Hijo de Dios.
Tal vez haya una expresión contenida en este Evangelio que llame poderosamente la atención: “Paz a vosotros”. Esta frase es más que un mero saludo, es más que la ausencia de guerra, es más que paz psicológica, es más que el simple bienestar. Esa Paz es la fuerza que concede al discípulo la capacidad de serlo, de dar testimonio con su vida, de perder el miedo.
Hay quienes nos piden pruebas de la existencia de Jesús, del hecho de su resurrección. Y nosotros les hablamos de estos testimonios porque es lo que buscan. Les hablamos de los textos de Flavio Josefo, de los evangelios, de las fuentes no cristianas, incluso de Eusebio de Cesarea. Pero todos ellos están muertos y no pueden dar otro testimonio que el que dejaron escrito. Y se nos olvida aquello que os trataba de transmitir la semana pasada. Cristo ha resucitado, esto es, está vivo entre nosotros. Evidentemente no lo podemos ver, pero lo podemos experimentar de otras formas y esta experiencia es la que realmente puede valer a quienes nos piden testimonio de nuestra fe. Por ello, si realmente vivimos a Cristo vivo podremos transmitir la experiencia a los demás.
¿Realmente mi vida puede testimoniar que Cristo vive en medio de nosotros?

martes, 30 de marzo de 2010

Pascua de Resurrección

Texto: Jn 20, 1-9
El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no hablan entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
Comentario:
Este 4 de abril celebramos el Domingo de Resurrección y, como siempre, leemos Juan 20, 1-9.
El texto recoge el momento en que las mujeres van al sepulcro y se encuentran la losa corrida, la tumba vacía y van a contárselo a los discípulos. Pedro y el discípulo amado, van corriendo y al verlo vacío creen.
¿Cómo puede una persona situarse ante un hecho tan trascendente, que desafía de tal forma la razón? Pedro y el otro discípulo vieron y luego creyeron. El hecho es innegable, el sepulcro está vacío. Ahora, ¿qué interpretación hacemos de este hecho? ¿Dónde queremos poner el origen de la desaparición de un cadáver? Para el discípulo amado, en el que podemos reflejarnos todos, la explicación más lógica, más completa, con más sentido es la Resurrección. Con ella Dios ha corroborado la vida de Jesús. Si no se hubiese producido hoy no estaríamos hablando de Jesús, Él no podría ser para nosotros un ejemplo a seguir.
Que el amor de Jesús está vivo entre nosotros es una realidad indiscutible, no porque haya algún hecho que lo certifique sino porque la vida de cientos, de miles de personas, lo demuestran con su amor incondicional. La Iglesia ha cuidado y transmitido este amor, y las personas que nos lo han demostrado así lo han entendido. Por ello debemos estarle agradecidos, por ello debemos corresponder a ese amor.Hay un cartel en mi colegio que dice que la amistad es el único activo que se multiplica repartiéndolo, y creo que con el amor pasa lo mismo. Así que la única manera que tenemos de comunicar la Resurrección, el amor de Jesús entre nosotros, es AMANDO. ¿A quién demuestras tu amor? ¿Y con qué finalidad? ¿Es verdadero amor? ¿Ven los demás el amor de Dios resucitado en tu amor?

lunes, 22 de marzo de 2010

Domingo de Ramos

Comentario:

Este 28 de marzo celebramos el Domingo de Ramos y se lee la Pasión según san Lucas. En la bendición de los olivos se lee la llegada triunfal de Jesús recogida en el mismo evangelio 19, 28-40. La pasión nos narra los hechos acaecidos desde la cena hasta la muerte y sepultura de Jesús. De nuevo nos encontramos en las puertas de la conmemoración del hecho que lleva a Dios a ratificar con la resurrección lo que Jesús hizo y dijo mientras recorrió los caminos junto a nosotros.
Hace tres años al comentar este mismo texto os decía que era incapaz de fijarme en un solo hecho o frase. Este año, además he descubierto que también me cuesta fijarme en los silencios, en una atmósfera o en una mirada, que muchas veces son más evocadores que lo que se dice explícitamente.
Dos hechos fundamentan nuestro ser cristiano: por un lado, la encarnación de Dios; y por otro, la Resurrección. Toda la Pasión está encaminada a este hecho. Hecho que supone la esencia de nuestro ser cristiano. Y quiero centrarme en él porque creo que nunca somos lo suficientemente conscientes de lo que esto significa. Javier Garrido me hizo caer en la cuenta de ello. La Resurrección significa, simple y llanamente que Jesús está vivo entre nosotros, que nos acompaña. Creyendo esto mi vida no puede ser la misma. Que Jesús entregase su vida por nosotros puede resultar irrelevante porque vive a nuestro lado. Como dice Boff en Los sacramentos de la vida: “Dios no se lo ha llevado, lo ha metido más en medio de nosotros si cabe”.
¿Vives después de creer en la Resurrección como lo hacías antes? ¿Qué cambios ha supuesto? Y si no hay cambios, pregúntate si realmente vives la Resurrección.
Texto: Lc 22,14-23,56

C. Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo:
†. «He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer, padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer, hasta que se cumpla en el reino de Dios».
C. Y, tomando una copa, pronunció la acción de gracias y dijo:
†. «Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid, hasta que venga el reino de Dios».
C. Y, tomando pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo:
†. «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía».
C. Después de cenar, hizo lo mismo con la copa, diciendo:
†. «Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros. Pero mirad: la mano del que me entrega está con la mía en la mesa. Porque el Hijo del hombre se va, según lo establecido; pero, ¡ay de ése que lo entrega!»
C. Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso. Los discípulos se pusieron a disputar sobre quién de ellos debía ser tenido como el primero. Jesús les dijo:
†. «Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero entre vosotros pórtese como el menor, y el que gobierne, como el que sirve. Porque, ¿quién es más, el que está en la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está en la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os transmito el reino como me lo transmitió mi Padre a mí: comeréis y beberéis a mi mesa en mi reino, y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de Israel».
C. Y añadió:
†. «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos».
C. Él le contestó:
S. «Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte».
C. Jesús le replicó:
†. «Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme».
C. Y dijo a todos:
†. «Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?»
C. Contestaron:
S. «Nada»
C. El añadió:
†. «Pero ahora, el que tenga bolsa que la coja, y lo mismo la alforja; y el que no tiene espada, que venda su manto y compre una. Porque os aseguro que tiene que cumplirse en mí lo que está escrito: “Fue contado con los malhechores”. Lo que se refiere a mí toca a su fin.».
C. Ellos dijeron:
S. «Señor, aquí hay dos espadas».
C. Él les contestó:
†. «Basta».
C. Y salió Jesús, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo:
†. «Orad, para no caer en la tentación».
C. Él se arrancó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba, diciendo:
†. «Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».
C. Y se le apareció un ángel del cielo, que lo animaba. En medio de su angustia, oraba con más insistencia. Y le bajaba hasta el suelo un sudor como de gotas de sangre. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo:
†. «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación».
C. Todavía estaba hablando, cuando aparece gente; y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús. Jesús le dijo:
†. «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?»
C. Al darse cuenta los que estaban con él de lo que iba a pasar, dijeron:
S. «Señor, ¿herimos con la espada?»
C. Y uno de ellos hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Jesús intervino, diciendo:
†. «Dejadlo, basta».
C. Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra él:
†. «¿Habéis salido con espadas y palos, como a caza de un bandido? A diario estaba en el templo con vosotros, y no me echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas».
C. Ellos lo prendieron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor, y Pedro se sentó entre ellos. Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se lo quedó mirando y dijo:
S. «También éste estaba con él».
C . Pero él lo negó, diciendo:
S. «No lo conozco, mujer».
C. Poco después lo vio otro y le dijo:
S. «Tú también eres uno de ellos».
C. Pedro replicó:
S. «Hombre, no lo soy».
C. Pasada cosa de una hora, otro insistía:
S. «Sin duda, también éste estaba con él, porque es galileo».
C. Pedro contestó:
S. «Hombre, no sé de qué me hablas».
C. Y, estaba todavía hablando, cuando cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Y los hombres que sujetaban a Jesús se burlaban de él, dándole golpes. Y, tapándole la cara, le preguntaban:
S. «Haz de profeta; ¿quién te ha pegado?»
C. Y proferían contra él otros muchos insultos. Cuando se hizo de día, se reunió el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y escribas, y, haciéndole comparecer ante su Sanedrín, le dijeron:
S. «Si tú eres el Mesías, dínoslo».
C. Él les contestó:
†. «Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto, no me vais a responder. Desde ahora, el Hijo del hombre estará sentado a la derecha de Dios todopoderoso».
C. Dijeron todos:
S. «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?»
C. Él les contestó:
†. «Vosotros lo decís, yo lo soy».
C. Ellos dijeron:
S. «¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca».
C. Se levantó toda la asamblea, y llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo, diciendo:
S. «Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey».
C. Pilato preguntó a Jesús:
S. ‑ «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Él le contestó:
†. «Tú lo dices».
C. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente:
S. «No encuentro ninguna culpa en este hombre».
C. Ellos insistían con más fuerza, diciendo:
S. «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí».
C. Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y, al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes, se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días. Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero él no le contestó ni palabra. Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándolo con ahínco. Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal. Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo:
S. «Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré».
C. Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa, diciendo:
S. «¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás».
C. A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando:
S. «¡Crucifícalo, crucifícalo!»
C. Él les dijo por tercera vez:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré. »
C. Ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío. Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio. Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo:
†. «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: “Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado.” Entonces empezarán a decirles a los montes: “Desplomaos sobre nosotros”, y a las colinas: “Sepultadnos”; porque, si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?»
C. Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él. Y, cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucifica­ron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía:
†. «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».
C. Y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte. El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas, diciendo:
S. «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido».
C. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:
S. «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».
C. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:
S. «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
C. Pero el otro le increpaba:
S. «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada».
C. Y decía:
S. «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».
C. Jesús le respondió:
†. «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso».
C. Era ya eso de mediodía, y vinieron las tinieblas sobre toda la re­gión, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo:
†. «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu».
C. El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios, diciendo:
S. «Realmente, este hombre era justo».
C. Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvía dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando. Un hombre llamado José, que era senador, hombre bueno y honrado (que no había votado a favor de la decisión y del crimen de ellos), que era natural de Arimatea, pueblo de Judea, y que aguardaba el reino de Dios, acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía. Era el día de la Preparación y rayaba el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea fueron detrás a examinar el sepulcro y cómo colocaban su cuerpo. A la vuelta, prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo, conforme al mandamiento.

lunes, 15 de marzo de 2010

5º Domingo de Cuaresma

Texto Jn 18, 1-11
En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?» Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».
Comentario
Este 21 de marzo celebramos el 5º Domingo de Cuaresma y leemos Juan 18, 1-11.
El texto nos narra el pasaje de la mujer adúltera a la que Jesús salva la vida cuando iba a ser apedreada, diciendo eso de que “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.”
De nuevo, en el marco de la cuaresma se nos presentan los temas del perdón y de la conversión.
El perdón porque, ¿cuántas veces rezamos en el Padre Nuestro, lo de “perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”? En este pasaje vemos cómo perdona Jesús, incluso en contra de la comunidad, en contra de lo que se consideraba legal, moral, querido por Dios en ese momento. ¿Y de verdad nosotros somos capaces de perdonar así? Yo no puedo, por eso me agarro a una interpretación que hizo un profesor mío, según la cual ese “como” no es modal (de la forma en que nosotros perdonamos) sino causal (porque también nosotros perdonamos), aunque sea de una forma imperfecta.
El Evangelio también nos habla de las diferentes varas de medir que nos gusta utilizar, una para nosotros mismos y otra para los demás. Ése era el fallo de los escribas y fariseos. Me recuerdan a mis alumnos que dicen que sacan 8 ó 9, y que yo les suspendo.
La conversión que nos pide Jesús hoy es la de que miremos en nuestro interior antes de juzgar a los demás. “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Superar la legalidad para ver a los demás y a nosotros mismos bajo un prisma mucho más compasivo y misericordioso, nuestro propio corazón, que supera la propia Ley. La clave: poner a Jesús en el centro de nuestra vida, ser capaces de llamarle Señor, como lo hizo la adúltera.

sábado, 6 de marzo de 2010

4º Domingo de Cuaresma

Texto Lc 15, 1‑3.11‑32
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y él empezó a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje, y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. El se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. El padre le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado”».
Comentario
Este 14 de marzo celebramos el 4º Domingo de Cuaresma y el texto que nos propone la liturgia, cuando no hay catecúmenos, es Lc 15, 1‑3.11‑32, la parábola del hijo pródigo o del padre misericordioso o del padre que tenía dos hijos, como el propio Jesús la denomina al comienzo.
Otros comentarios de este Evangelio se centran en la interpretación para los actuales cristianos, pero creo que primero deberíamos ver qué decía este texto a los oyentes de Jesús.
En la parábola Jesús compara la actitud de dos hijos ante su padre. A todos nos resulta fácil identificar a Dios con el Padre. Pero ¿qué suponen las actitudes de los dos hijos? Básicamente, suponen dos formas distintas de relacionarse con el Padre, con Dios. Dos formas que son tan evidentes hoy como lo eran para los cohetáneos de Jesús. Por un lado, la evidente del hijo menor, un hombre capaz de reconocer su pecado y pedir perdón, los pecadores y publicanos con quienes se juntaba Jesús, y los que hoy nos sabemos con fallos en nuestra relación con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Y, por otro lado, el hijo mayor, que es incapaz de ver su pecado, que se cree que cumplir la voluntad de su padre le da derecho a un banquete, los que hoy podemos creernos con derecho a salvarnos por cumplir unos preceptos, en su mayoría hechos por hombres pecadores como nosotros. El texto ya no va más allá.
No puedo evitar siempre que oigo este Evangelio tener un recuerdo en mi corazón para Luis José, se sentía tan identificado con el hijo menor que quiso que esta parábola se oyese en su funeral. Él como yo se sabía pecador y que sólo nos queda confiar en el Amor del Padre invitándonos a ese Banquete.
Nuestra tradición hace que nos sea fácil identificarnos con el hijo menor, pero ¿cómo es nuestra relación con el Padre?

lunes, 1 de marzo de 2010

3er. Domingo de Cuaresma

Texto: Lc 13,1-9
En una ocasión se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera. Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?” Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortarás”».
Comentario:
El proximo 7 de marzo celebramos el tercer domingo de Cuaresma y la liturgia nos ofrece el Evangelio de Lc 13, 1-9.
El texto recoge un par de sucesos de la crónica del momento, que Jesús aprovecha para interrogar a sus interlocutores sobre las consecuencias del pecado, y la parábola de la higuera que no da fruto.
Los judíos creían que cualquier desgracia era fruto del pecado. Hoy tenemos otra forma de decirlo, pero la esencia es la misma: “castigo de Dios”, “la naturaleza se revela”… pero lo que viene a decir Jesús es que, si eso fuera cierto, cualquiera de nosotros seríamos merecedores de esas o mayores penurias. No faltan quienes ante los recientes desastres naturales vienen a decir algo parecido. Aunque ya conocemos la respuesta de Jesús. El creer que no tenemos culpa, el creer que no tenemos pecados porque la desgracia no ha llamado a nuestra puerta, no significa nuestra ausencia de pecado. Los que sufren esos contratiempos no son ni más ni menos pecadores que cualquiera de nosotros. De ahí la necesidad de convertirnos. De cambiar.
La parábola de la higuera supone la premura del tiempo en llevar a cabo esta conversión este cambio. Año tras año, nos ofrecen esta oportunidad de cambio. Pero sin prisas atormentadas. Vale más hacerlo bien que hacerlo de cualquier manera.
¿Por qué me creo mejor que los demás? ¿siento la necesidad de cambiar?