lunes, 1 de marzo de 2010

3er. Domingo de Cuaresma

Texto: Lc 13,1-9
En una ocasión se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera. Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?” Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortarás”».
Comentario:
El proximo 7 de marzo celebramos el tercer domingo de Cuaresma y la liturgia nos ofrece el Evangelio de Lc 13, 1-9.
El texto recoge un par de sucesos de la crónica del momento, que Jesús aprovecha para interrogar a sus interlocutores sobre las consecuencias del pecado, y la parábola de la higuera que no da fruto.
Los judíos creían que cualquier desgracia era fruto del pecado. Hoy tenemos otra forma de decirlo, pero la esencia es la misma: “castigo de Dios”, “la naturaleza se revela”… pero lo que viene a decir Jesús es que, si eso fuera cierto, cualquiera de nosotros seríamos merecedores de esas o mayores penurias. No faltan quienes ante los recientes desastres naturales vienen a decir algo parecido. Aunque ya conocemos la respuesta de Jesús. El creer que no tenemos culpa, el creer que no tenemos pecados porque la desgracia no ha llamado a nuestra puerta, no significa nuestra ausencia de pecado. Los que sufren esos contratiempos no son ni más ni menos pecadores que cualquiera de nosotros. De ahí la necesidad de convertirnos. De cambiar.
La parábola de la higuera supone la premura del tiempo en llevar a cabo esta conversión este cambio. Año tras año, nos ofrecen esta oportunidad de cambio. Pero sin prisas atormentadas. Vale más hacerlo bien que hacerlo de cualquier manera.
¿Por qué me creo mejor que los demás? ¿siento la necesidad de cambiar?

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