lunes, 31 de enero de 2011

5º Domingo del Tiempo Ordinario

Texto: Mt, 5, 13-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo».

Comentario:

Este 6 de febrero celebramos el quinto domingo del tiempo ordinario y la liturgia nos propone, continuando con el sermón de la montaña comenzado la semana pasada, el texto de Mt 5, 13-16.

El Evangelio nos habla de la sal y la luz, pero en sintonía con lo que nos enseñaba la semana pasada, en relación con las bienaventuranzas. Nos dice que la sal tiene una función que no puede realizar si se vuelve sosa, que la luz está para alumbrar. La sal no se suele ver en los alimentos, pero se nota si falta, la sal sirve para conservar y dar sabor. La luz ilumina, guía. Una lámpara tiene que alumbrar a los que habitan la casa. Las buenas obras de las que nos hablan las bienaventuranzas tienen que verse, pero siendo algo normal en las vidas de todos. Debemos dar testimonio con los bienaventurados: con los pobres, con los que sufren, con los que lloran, con los hambrientos, con los misericordiosos, con los limpios, con los que trabajan por la paz, con los perseguidos. Son obras que los demás tienen que ver en nosotros y que dan gloria a Dios.

Estas obras que dan gloria al Padre, que se centran en los demás, en los hermanos, sólo pueden ser correspondencia al amor que experimentamos de ese Padre. Y esto es lo que nos diferencia de los filántropos. Que nuestra preocupación por los demás no nace de nosotros mismos, no surge del simple deseo de ayudar a nuestros iguales, sino que tiene su origen en el amor que hemos experimentado, son correspondencia al mayor de los amores.

Tal vez esto sea lo que nos falta a los cristianos. Ser capaces de dar testimonio sin que se nos note pero notándosenos. Dando testimonio en todos los ámbitos de nuestras vidas, pero sin querer ser protagonistas. Que los demás vean en nosotros un ejemplo a imitar pero, como ocurre con los que señalan a la luna, haciendo ver la luna y no nuestro dedo. ¿Qué pretendemos enseñar, lo que hacemos por los demás o el amor que sentimos y por el que nos dedicamos a los demás?

martes, 25 de enero de 2011

4º Domingo del Tiempo Ordinario

Texto: Mt 5, 1-12a

En aquel tiempo, al ver Jesús al gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles: «Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

Comentario:

Este 30 de enero celebramos el 4º Domingo del Tiempo Ordinario y se nos ofrece el Evangelio de Mateo 5, 1-12a. La cita sola debería resultarnos suficiente, el texto es el de las Bienaventuranzas. El comienzo del conocido como Sermón de la Montaña, donde Jesús nos presenta su texto fundamental, su constitución, su programa, las líneas estratégicas de su Reino. Si la semana pasada anuncaba la conversión, esta semana parece querer enseñarnos en qué consiste esa conversión.

Siendo adolescente tuve un profesor de Religión, que luego fue amigo, que me hizo aprender de memoria las bienaventuranzas, lo hizo con un acrónimo (un juego de palabras para recordar lo que nos proponía), “posullohammilimpape”. Creo que la cosa resultó, jamás se me olvidaron, pero me faltaba la consecuencia de cada una de esas bienaventuranzas. Y, en ocasiones, la echo de menos, lo mismo que echo de menos la última, en la que se refiere a nosotros. Y, ¿qué alaba Jesús en ellas? Que no nos apeguemos al dinero, que seamos humildes, que lloremos cuando no se valora a Dios, que busquemos la voluntad de Dios, que seamos misericordiosos, que seamos honestos y que busquemos la paz. En definitiva, que seamos felices. Pero esto conlleva un riesgo, esto no le gusta a la gente, envidian cuando alguién es feliz, por eso la última bienaventuranza: dichosos vosotros cuando os pesigan y os calumnien por mi causa, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Y nada de esto tiene que ver con la resignación cristiana que se empeñan en vendernos. Y sólo desde el odio, la envidia, la mezquindad o la falta de instrucción se puenden tergiversar así las palabras de Jesús. Normalmente, a quienes sufren o son perseguidos por hacer lo que Jesús nos dice no son beatificados con la resignación cristiana, sino condenados con el “él se lo ha buscado”.

¿Qué dicen de nosotros? ¿somos sumisos o reveldes como nos enseña Jesús?

sábado, 22 de enero de 2011

3er. Domingo del Tiempo Ordinario

Texto: Mt 4, 12-23
Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que habla dicho el profeta Isaías: "País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló." Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: "Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos."
[Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: "Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres." Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.]

Comentario:
Este 22 de enero celebramos el 3er. Domingo del Tiempo Ordianario y leemos el Evangelio de Mateo 4, 12-23. El texto recoge el momento en que Jesús va a establecerse a Cafarnaún, comienza su predicación y en el camino comienza a llamar a los que serán sus apóstoles.
Dos cosas llaman la atención de este pasaje. La primera el mensaje de Jesús, sencillo, breve, contundente, el reino de los cielos está cerca, y eso tiene que hacernos cambiar nuestra forma de ser, debemos abandonar nuestros egoísmos, darnos a los demás, dejar de preocuparnos por cosas que no tienen importancia y fijarnos en las necesidades de quienes tenemos alrededor. Y, por otro lado, el poder convicción, la personalidad atrayente de quien portaba este mensaje. Yo no sé vosotros, pero si cualquiera que me viniese con un mensaje así, me dijese que le siguiese, la llevaría clara. Está claro cuál era el mensaje, pero cómo lo presentaría para que unos pescadores que estaban ganándose la vida honradamente, lo dejasen todo por ir tras él. Y, a lo largo de su vida pública no dejó a nadie indiferente, por un motivo u otro.
Por desgracia, no contamos con su presencia física entre nosotros para que nos atraiga de esa forma. Pero su mensaje sigue vivo, y él también. A veces, quienes nos lo presentan lo hacen, con buena intención, de forma torpe. Pero debemos saber mirar más allá de esas limitaciones humanas y aprender a ver en ellos al mismo Jesús que camina entre nosotros. Sólo una pregunta: ¿Somos conscientes que Jesús está a nuestro lado y que es él quien pone en quienes propagan su mensaje esas palabras, somos conscientes que está vivo a nuestro lado y que es él quien inspira en nosotros las palabras adecuadas para consolar, acompañar, ayudar…?


viernes, 14 de enero de 2011

2º Domingo del Tiempo Ordinario

Texto: Jn 1, 29-34

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquél de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios».

Comentario:

Este 16 de enero retomamos el Tiempo Ordinario, celebramos su segundo Domingo, y no es que el primero fuese el pasado, sino que como sabéis la liturgia se reserva una serie de domingos para ponerlos o quitarlos en función de las fechas en las que nos toca celebrar la Semana Santa, y leemos Jn 1, 29-34.

El texto recoge el pasaje en el que Juan reconoce a Jesús y tiene una visión en la que se le manifiesta la identidad de Jesús como Hijo de Dios, como el Cordero pascual que elimina la condición pecadora del mundo.

El pasaje se sitúa en el contexto de la predicación de Juan cuando una delegación de los sacerdotes y escribas de Jerusalén acuden al Jordán para comprobar si Juan es el Mesías, y él les dice que no… que tienen que buscar a otro, y les señala a Jesús.

Al igual que el cordero debía ser sacrificado, para que se produzca en nosotros la liberación del pecado, Cristo debe morir. Dios podría haberlo querido de otra forma, pero eligió esta.

Hemos estado estas semanas fijándonos en un niño que sabíamos que tenía una misión que cumplir. Ha llegado la hora de cumplir esa misión. El Jordán es el punto de inflexión en el que Jesús comienza la instauración del Reino. En el que comienza a asumir la voluntad de Dios Padre, una tarea que le llevará al Gólgota. El trabajo de Juan es señalar a Jesús entre los hombres, y lo hace.

Nosotros compartimos la condición de colaboradores en la construcción del Reino y debemos asumir la voluntad de Dios, tal vez no nos pida lo mismo que a Cristo, pero seguro que nos pide algo. Constantemente pedimos que se haga la voluntad de Dios, pero ¿estamos dispuestos a cumplirla? ¿En qué participamos nosotros en la construcción del Reino?

martes, 4 de enero de 2011

Bautismo del Señor

Texto: Mt 3, 13-17

En aquel tiempo, fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere». Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: «Este es mi hijo, el amado, mi predilecto».

Comentario:

Este 9 de enero celebramos el Bautismo del Señor y leemos Mateo 3,13-17. Jesús baja al Jordán para ser bautizado por Juan para cumplir la voluntad de Dios, a riesgo de que lo confundiesen con un pecador. Y Dios aprovecha el momento para manifestarse, para la teofanía en la que dice: “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto”.

Prescindimos de las implicaciones veterotestamentarias del texto, en las que un judío ve la similitud con el Génesis donde el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas vírgenes y con la Palabra comenzaba la Creación, para fijarnos en el hecho del Bautismo.

El diálogo con Juan se centra en el cumplimiento de la voluntad de Dios, denotando así el compromiso con el movimiento bautista del momento, con la necesidad de cambio, pero no de un cambio político, no de un cambio social sin más; sino de un cambio desde el interior de la persona, un cambio de los planteamientos de fondo que cambiarán la sociedad.

En múltiples ocasiones me encuentro con bautizados que para nada son conscientes de lo que su bautismo supone, según este Evangelio: el bautismo de Jesús es cumplimiento de la voluntad de Dios, es recepción del Espíritu y colaboración con él, es asumir la condición de Hijo de Dios. ¿Y el nuestro?

Pocas veces nos sentimos comprometidos por nuestra condición de bautizados en nuestro obrar diario, sin ser conscientes que en él nos comprometimos con el plan salvífico de Dios, con la construcción de su Reino, con la transformación de la realidad que vivimos. Sabiéndonos hijos de un mismo Padre, es raro que pensemos que con aquellos con quienes nos relacionamos son nuestros hermanos, que debemos compartir sus sufrimientos y sus alegrías.

martes, 28 de diciembre de 2010

2º Domingo de Navidad

Texto: Jn 1, 1-18

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venia como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: “el que viene detrás de mi pasa delante de mí, porque existía antes que yo”». Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Comentario:

Este 2 de enero celebramos el 2º Domingo de Navidad y leemos, de nuevo, Juan 1, 1-18. La liturgia nos ofrece una segunda oportunidad de reflexionar sobre el prólogo del Evangelio de Juan, ya nos lo ofreció en la misa de Navidad.

Una vez tuve un profesor que al explicar los cuatro evangelios y la relación que había entre ellos, decía: “el Evangelio de Marcos es un relato de la pasión con un prólogo muy largo, cuenta la historia de Jesús el Hijo de Dios; los Evangelios de Lucas y Mateo se preguntan quién ese hombre; y el Evangelio de Juan se pregunta quién es este Dios”. Pues bien, este prólogo nos da la clave interpretativa de todo el Evangelio. Nos habla de un Jesucristo preexistente, que coexiste con el Padre desde el Principio. Cuando trato de explicar esto siempre me encuentro con el mismo problema, “desde el Principio”, desde siempre… y me preguntan ¿desde la creación del mundo? No… desde antes, desde siempre. El siempre no tiene principio ni fin.

A nivel práctico tal vez debamos fijarnos en los versículos finales. Mientras que Moisés nos dio la Ley, Cristo nos ha traído la gracia y la verdad que proceden de Dios. Porque a Dios nadie lo ha visto, solo el Hijo que es quien nos lo ha dado a conocer. Y lo que nos enseña el Hijo es que Dios está en los que nos rodean, especialmente en los que más nos necesitan. Y cuando no hacemos caso de este mensaje estamos en la tiniebla, rechazando a Jesucristo. Los que podamos llamarnos hijos en el Hijo, lo somos no por el amor humano (aunque sea el único paradigma que entendamos), sino por el amor divino, que es capaz de entregar a su único Hijo por nosotros.

Las más de las veces, nuestra cabeza nos impide amar. No intentemos comprender, sólo amar.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Sagrada Familia

Texto: Mt 2, 13-15

Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el Profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto». Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño». Se levantó, cogió al niño y a su madre y volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno.

Comentario:

Este 26 de diciembre celebramos la Sagrada Familia y leemos Mt 2, 13-15. El texto recoge el pasaje en el que el ángel le dice a José que coja a su familia y se la lleve a Egipto y la posterior vuelta una vez muerto Herodes, pero como aún quedaba Arquelao en Judea el ángel les manda quedarse en Galilea.

Al margen del paralelismo con el Antiguo Testamento, de la simetría con la historia de Israel y, concretamente, de Moisés.

El Evangelio de hoy se conforma con una simple enseñanza. Cuando uno obedece a Dios, las cosas resultan bien. El cumplimiento de la voluntad de Dios es la fuente de nuestra felicidad.

Al margen de las apreciaciones interpretativas de la Escritura, el texto de hoy podría fácilmente reflejar la historia de todas esas familias que aún hoy vienen a nosotros en busca de una vida mejor, de unas posibilidades que no encuentran en su tierra y, a las que muchas veces nosotros cerramos las puertas, no sólo de nuestras ayudas sino también de nuestros corazones.

Una vez os comenté que lo difícil era descubrir cuál era la voluntad de Dios que insistentemente pedimos en la oración que Cristo nos enseñó. Pues bien, la Navidad nos deja claro que la voluntad de Dios pasa por la aceptación de los demás, especialmente de los más sencillos, de los más humildes, de los más pobres. Este es el mensaje que continuamente nos da el Evangelio. La única cuestión que se nos plantea es si estamos dispuestos a cumplirla. Si nuestro elemento volitivo nos permite hacerlo. Si no estamos demasiado acomodados con nuestras pantagruélicas comilonas, con la vorágine consumista… cada uno en su medida. Una vez alguien me preguntó que cómo podía ser egoísta si no tenía nada. La cuestión no es lo que se tiene si no lo apegado que estamos a lo que tenemos.

Felices y humildes navidades.