miércoles, 26 de mayo de 2010

Santísima Trinidad

Texto: Jn 16, 12-15
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. El me glorificará, porque recibirá de mi lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará».
Comentario:
Este 30 de mayo celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad y el texto que nos ofrece la liturgia es Juan 16, 12-15.
De nuevo estamos en los discursos de despedida de Jesús, que se sitúan en torno a la última cena. Jesús les recuerda a sus discípulos que le quedan muchas cosas por enseñarles, pero que aún no están preparados, que necesitan la ayuda del Espíritu para comprenderlo. Este Espíritu le glorificará y transmitirá lo que Él le diga, como Él lo ha recibido del Padre.
En este domingo se nos invita a fijarnos en las tres personas de la divinidad, siempre partiendo de Jesús, es la figura que conocemos, la que se encarnó, la que se hizo uno de nosotros para que pudiésemos comprenderlo, pasando por el Espíritu que nos alienta y anima (en el sentido de darnos el alma) que nos transmite lo que nos sigue comunicando Jesús, para llegar al Padre.
Lo cierto es que alcanzar esta unión, este conocimiento de la divinidad, resulta imposible para el hombre. Creo recordar que en alguna ocasión ya os he comentado que estudiando una asignatura que se llamaba el Misterio de Dios: uno y trino, nos estudiábamos un montón de libros para acabar concluyendo lo que ya veíamos en el título, que es un misterio inabarcable para nosotros. Pero a pesar de ser inabarcable, hay cosas que podemos ir descubriendo, es un proceso en el que, poco a poco, el Espíritu nos ayuda a ir descubriendo aspectos, facetas de ese Dios inefable.
En nuestra relación con Dios, solemos dirigirnos al Hijo, por cercanía, por proximidad, por simpatía, pero os invito a redescubrir la figura del Espíritu. Ese Espíritu que tiene la tarea de acompañarnos en este camino hacia el Padre.

martes, 18 de mayo de 2010

Pentecostés

Texto: Jn 20, 19-23
Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Comentario:
El próximo 23 de mayo celebramos Pentecostés, y leemos Juan 20, 19-23. El texto ya lo conocemos, lo leímos durante esta Pascua, pero ahora el acento es distinto, por el contexto litúrgico. Cronológicamente, se sitúa en el mismo día de Pascua. Jesús se aparece estando los discípulos reunidos, les da el regalo de la paz, les envía de la misma manera que el Padre le ha enviado a Él y les deja el don del Espíritu para continuar la misión que Él ha recibido del Padre.
La semana pasada veíamos cómo Jesús se iba al Padre y nos prometía un don para continuar su tarea. Hoy celebramos la entrega de ese don, la recepción de esa fuerza, de ese amor que nos permite continuar su obra, que Juan recoge con la fórmula de perdonar y retener los pecados.
La liturgia nos ofrece hoy, también, el relato del mismo hecho en la versión de Lucas, en el segundo capítulo de los Hechos. Tal vez en un tono más simbólico, las llamas de fuego, el ruido, la capacidad de hablar en lenguas…
El Espíritu es la permanencia de Jesús entre nosotros hoy. Ese amor, esa fuerza, es la que permite a los discípulos salir a la calle, superar el miedo y dar testimonio de lo que acaban de experimentar, que Dios ha ratificado lo que Jesús hizo y dijo resucitándolo. Ese amor les dota de la garantía que hace que aún hoy sigamos confiando en su testimonio. Y por ese mismo amor y su testimonio seamos capaces de continuar la obra de Jesús. Sin esa fuerza no podríamos seguir su misión. Este Espíritu no se compra ni se merece, sinon que sobreviene en la medida en que el discípulo se hace permeable a Dios, a imitación y analogía de Jesús. Con este regalo podemos transformar el mundo, sin él nada nos es posible.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Ascensión del Señor

Texto: Jn 24, 46-53
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto». Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

Comentario:
El próximo 16 de mayo celebramos la Ascensión del Señor y leemos Lucas 24, 46-53. El texto recoge los últimos versículos del Evangelio de Lucas, en los que Jesús les explica a los discípulos lo sucedido en la resurrección según las Escrituras, les hace ver cuál será su misión y les promete el Espíritu Santo, luego los saca de la ciudad y les bendice mientras sube al cielo, y los discípulos se vuelven contentos a Jerusalén.
La resurrección de Jesús les permite a los discípulos entender lo que estaba escrito de Él en el Antiguo Testmento y así se convierten en garantes del hecho para quienes vendremos después. Jesús les envía a procamarlo por todo el mundo, dando comienzo una nueva etapa en la Historia de la Salvación, la etapa del Espíritu, la etapa de la Iglesia, avocada a llevar esa misión a su plenitud.
Tal vez lo más reseñable sea que los discípulos se quedan mirando al cielo con los pies en la tierra. Poco más o menos, lo mismo que debemos seguir haciendo: ir hacia Dios, pero sin abandonar la realidad, sin olvidarnos que tenemos hermanos a nuestro lado a quienes debemos acompañar en esa tarea de descubrir a Jesucristo como Señor de nuestra historia.
Jesús nos promete su Espíritu, para empezar la misión debemos esperar a que nos llegue ese don, pero con Él, con el Paráclito, podremos hacer los signos y prodigios que Él hizo cuando caminaba entre nosotros.
¿Realmente sientes la presencia de Jesús resucitado en tu vida? ¿Te crees capaz de continuar su misión? ¿Te quedas mirando al cielo abandonando la realidad o tienes los pies en la tierra y acompañas a quienes tienes a tu alrededor hacia Dios?

domingo, 2 de mayo de 2010

6º Domingo de Pascua

Texto: Jn 14, 23-29

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo».
Cursiva
Comentario:
El texto es continuación del de la semana pasada, seguimos en el marco del discurso de despedida de Jesús, releído a la luz de la Resurrección. En este Evangelio Jesús revela su unión íntima con el Padre y, en este final de la Pascua, nos anuncia la llegada del Espíritu. Un espíritu que es amor y que nos permite comprender este texto. Todo en él gira en torno al amor y a la paz, una paz que el mundo no puede dar, porque consiste en la presencia espiritual de Dios, por eso el mundo no la puede dar, como os decía estas semanas una paz más allá de la ausencia de guerra o de la tranquilidad psicológica.
Jesús se va, pero, por amor, permanece. Creo que todos hemos podido tener esta experiencia, a todos nos ha faltado una persona a la que queríamos y que, a pesar, de no estar, sigue presente en nuestra vida, en todo lo que hacemos, no sólo en nuestra cabeza, sino en todo nuestro ser.
Este amor nos hace comprender la unión entre el Padre y el Hijo. Creo que en alguna ocasión ya os he dicho que la mejor explicación que he oído de la Trinidad era que el Padre era el amante, el Hijo el amado y el Espíritu el amor. Así que el Espíritu nos hace comprender la relación entre el amante y el amado, el Padre y el Hijo.
Falta hoy la dimensión horizonta en este comentario, pero creo que con la pregunta final podemos dársela.
Sólo amando podemos aprender a amar, sólo amando a los hombres podemos aprender a amar a Jesús, a Dios. ¿Eres capaz de amar a los que tienes a tu alrededor? y a Jesús, ¿sabes amarlo y guardas su palabra por ese amor?

miércoles, 28 de abril de 2010

5º Domingo de Pascua

Texto: Jn 13, 31-35
Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros».

Comentario
Este 2 de mayo, celebramos el 5º domingo de pascua y leemos el evangelio de Juan 13, 31-35.
El texto recoge la parte de la última cena de Jesús donde éste se despide de sus discípulos después de que Judas haya salido del Cenáculo, y les muestra su esencia dejándoles como última voluntad el mandamiento del amor que se convertirá desde ese momento en el sello indeleble de los cristianos.
La liturgia nos hace releer estos textos a la luz de la Resurrección, porque con el acontecimiento Pascual adquieren su pleno significado. En alguna ocasión ya me ha tocado hablaros de este mandamiento nuevo, y creo recordar que os decía que era cosa de locos. Pues bien, desde el cirio Pascual es desde donde podemos entender este mandamiento, desde la luz de la Pascua es desde donde se comprende la glorificación de Jesús y de Dios Padre, desde el pregón Pascual es desde donde se entiende que esa glorificación se de en la Cruz, en el lugar del máximo amor, porque nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Ese es el amor que Jesús nos tiene, ese es el amor que ha aprendido del Padre. Porque Jesús nos ha amado así, debemos amar a los demás, tal como nos recuerda Benedicto XVI.
Este amor es lo que nos hace humanos y, a la par, nos vincula a la trascendencia, a Jesús y por Él a Dios Padre que ha derramado su Espíritu para darnos la fuerza necesaria para cumplir esa última voluntad de Jesús, el AMOR.
Amar como Jesús lo hizo, lo hace, es difícil, pero contamos con numerosas ayudas, utilicémoslas. No desfallezcas cuando veas que no eres capaz de conseguirlo, sigue intentándolo y pregúntate en qué te has podido equivocar.

miércoles, 21 de abril de 2010

4º Domingo de Pascua

Texto: Jn 10, 27-30
En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arre­batará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arreba­tarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno».

Comentario:
Este 25 de abril celebramos el cuarto domingo de pascua.
La verdad es que esta semana me ha costado sentarme a pensar qué tenía que deciros de este evangelio que está tomado de Juan, cap. 10, vs. 27-30. El texto hay que leerlo en el marco de una controversia con los dirigentes judíos que no quieren entender a Jesús, quien les pone el ejemplo de las ovejas que son quienes le entienden, quienes le siguen, aquellas a las que Él conoce.
La imagen recogida es la del Buen Pastor. Esta imagen es propia del ambiente rural en el que Jesús desarrolla su ministerio, pero me gustaría que os fijaseis en el primer versículo: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna”. Si os fijáis no se trata de una relación causa efecto, sino de una concatenación de ideas, de tal forma que el nexo de unión viene marcado por el amor. Así podremos prescindir de la norma, de la ley, esa Ley que traía de cabeza a los judíos. La cuestión central es ¿en dónde basamos la relación con Dios, en el amor como nos propone Jesús o en el cumplimiento de normas, en el temor? ¿escuchamos la voz del pastor porque confiamos en Él o porque le tememos?
La Iglesia muchas veces nos ha enseñado a escuchar esa voz más por temor que por amor, gracias a Dios esos tiempos pasaron y hoy se nos propone más el amor, la confianza que es el tema de este texto, la confianza del Padre en el Hijo. Hoy, al menos para mí, la Iglesia es esa madre que me ha transmitido el mensaje de Jesús, por eso la quiero, porque, como una madre, me ha enseñado a vivir la vida.
No puedo dejar pasar por alto otros matices que tiene esta Palabra de Dios, en el contexto litúrgico de la Pascua nos está recordando la misión de Jesús y de la comunidad. Y por último esa afirmación rotunda, que resuena con fuerza: “Yo y el Padre somos uno”, que nos garantiza que el mensaje, la vida y las obras de Jesús no son meras elucubraciones, sino que tienen sello de garantía, certificado de calidad diríamos hoy, que vienen de Dios y a Él nos llevan.

martes, 13 de abril de 2010

3er Domingo de Pascua

Texto: Jn 21, 1-19
En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?» Ellos contestaron: «No». Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger». Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Vamos, almorzad». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: "Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?" Le dice él: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero." Le dice Jesús: "Apacienta mis corderos." Vuelve a decirle por segunda vez: "Simón de Juan, ¿me amas?" Le dice él: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero." Le dice Jesús: "Apacienta mis ovejas." Le dice por tercera vez: "Simón de Juan, ¿me quieres?" Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: "¿Me quieres?" y le dijo: "Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero." Le dice Jesús: "Apacienta mis ovejas. "En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras." Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: "Sígueme."

Comentario:
El Tercer Domingo de Pascua que celebramos este 18 de abril, leemos el Evangelio de Juan 21, 1-19.
El texto recoge el momento en que una vez resucitado, Jesús se aparece a sus discípulos, quienes llevan a cabo una pesca milagrosa y almuerzan con él; Jesús mantiene un diálogo con Pedro en el que por tres veces le pregunta si le quiere. El diálogo es especialmente rico y lleno de matices. Si nos fijamos bien, las dos primeras veces le pregunta si le ama, la tercera si le quiere. Después de cada contestación Jesús le manda apacentar el rebaño. Al final, le dice a Pedro: Sígueme.
Si nos fijamos bien las analogías con los hechos de la última cena son claros, entonces Pedro no podía seguir a Jesús y lo niega por tres veces, ahora le debe seguir y las negaciones se han convertido en afirmaciones de amor.
Sé que dependerá de la traducción del texto que tengáis, pero me parece especialmente interesante el matiz, por dos veces pregunta si me amas y la contestación de Pedro es: “Sabes que te quiero”, por último Jesús pregunta si le quiere y Pedro se entristece, porque le pregunte por tercera vez. Todos sabemos que querer no es lo mismo que amar. Las preguntas de Jesús van de más a menos implicación y la contestación de Pedro es la misma en las dos primeras: “Si, Señor, sabes que te quiero”. La última cambia porque Pedro se da cuenta de la actitud de Jesús.
Las preguntas de hoy, las ha hecho Jesús… Enrique (poned vuestro nombre) ¿me amas más que estos?... Enrique ¿me amas?... Enrique ¿me quieres?