miércoles, 12 de mayo de 2010

Ascensión del Señor

Texto: Jn 24, 46-53
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto». Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

Comentario:
El próximo 16 de mayo celebramos la Ascensión del Señor y leemos Lucas 24, 46-53. El texto recoge los últimos versículos del Evangelio de Lucas, en los que Jesús les explica a los discípulos lo sucedido en la resurrección según las Escrituras, les hace ver cuál será su misión y les promete el Espíritu Santo, luego los saca de la ciudad y les bendice mientras sube al cielo, y los discípulos se vuelven contentos a Jerusalén.
La resurrección de Jesús les permite a los discípulos entender lo que estaba escrito de Él en el Antiguo Testmento y así se convierten en garantes del hecho para quienes vendremos después. Jesús les envía a procamarlo por todo el mundo, dando comienzo una nueva etapa en la Historia de la Salvación, la etapa del Espíritu, la etapa de la Iglesia, avocada a llevar esa misión a su plenitud.
Tal vez lo más reseñable sea que los discípulos se quedan mirando al cielo con los pies en la tierra. Poco más o menos, lo mismo que debemos seguir haciendo: ir hacia Dios, pero sin abandonar la realidad, sin olvidarnos que tenemos hermanos a nuestro lado a quienes debemos acompañar en esa tarea de descubrir a Jesucristo como Señor de nuestra historia.
Jesús nos promete su Espíritu, para empezar la misión debemos esperar a que nos llegue ese don, pero con Él, con el Paráclito, podremos hacer los signos y prodigios que Él hizo cuando caminaba entre nosotros.
¿Realmente sientes la presencia de Jesús resucitado en tu vida? ¿Te crees capaz de continuar su misión? ¿Te quedas mirando al cielo abandonando la realidad o tienes los pies en la tierra y acompañas a quienes tienes a tu alrededor hacia Dios?

domingo, 2 de mayo de 2010

6º Domingo de Pascua

Texto: Jn 14, 23-29

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo».
Cursiva
Comentario:
El texto es continuación del de la semana pasada, seguimos en el marco del discurso de despedida de Jesús, releído a la luz de la Resurrección. En este Evangelio Jesús revela su unión íntima con el Padre y, en este final de la Pascua, nos anuncia la llegada del Espíritu. Un espíritu que es amor y que nos permite comprender este texto. Todo en él gira en torno al amor y a la paz, una paz que el mundo no puede dar, porque consiste en la presencia espiritual de Dios, por eso el mundo no la puede dar, como os decía estas semanas una paz más allá de la ausencia de guerra o de la tranquilidad psicológica.
Jesús se va, pero, por amor, permanece. Creo que todos hemos podido tener esta experiencia, a todos nos ha faltado una persona a la que queríamos y que, a pesar, de no estar, sigue presente en nuestra vida, en todo lo que hacemos, no sólo en nuestra cabeza, sino en todo nuestro ser.
Este amor nos hace comprender la unión entre el Padre y el Hijo. Creo que en alguna ocasión ya os he dicho que la mejor explicación que he oído de la Trinidad era que el Padre era el amante, el Hijo el amado y el Espíritu el amor. Así que el Espíritu nos hace comprender la relación entre el amante y el amado, el Padre y el Hijo.
Falta hoy la dimensión horizonta en este comentario, pero creo que con la pregunta final podemos dársela.
Sólo amando podemos aprender a amar, sólo amando a los hombres podemos aprender a amar a Jesús, a Dios. ¿Eres capaz de amar a los que tienes a tu alrededor? y a Jesús, ¿sabes amarlo y guardas su palabra por ese amor?

miércoles, 28 de abril de 2010

5º Domingo de Pascua

Texto: Jn 13, 31-35
Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros».

Comentario
Este 2 de mayo, celebramos el 5º domingo de pascua y leemos el evangelio de Juan 13, 31-35.
El texto recoge la parte de la última cena de Jesús donde éste se despide de sus discípulos después de que Judas haya salido del Cenáculo, y les muestra su esencia dejándoles como última voluntad el mandamiento del amor que se convertirá desde ese momento en el sello indeleble de los cristianos.
La liturgia nos hace releer estos textos a la luz de la Resurrección, porque con el acontecimiento Pascual adquieren su pleno significado. En alguna ocasión ya me ha tocado hablaros de este mandamiento nuevo, y creo recordar que os decía que era cosa de locos. Pues bien, desde el cirio Pascual es desde donde podemos entender este mandamiento, desde la luz de la Pascua es desde donde se comprende la glorificación de Jesús y de Dios Padre, desde el pregón Pascual es desde donde se entiende que esa glorificación se de en la Cruz, en el lugar del máximo amor, porque nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Ese es el amor que Jesús nos tiene, ese es el amor que ha aprendido del Padre. Porque Jesús nos ha amado así, debemos amar a los demás, tal como nos recuerda Benedicto XVI.
Este amor es lo que nos hace humanos y, a la par, nos vincula a la trascendencia, a Jesús y por Él a Dios Padre que ha derramado su Espíritu para darnos la fuerza necesaria para cumplir esa última voluntad de Jesús, el AMOR.
Amar como Jesús lo hizo, lo hace, es difícil, pero contamos con numerosas ayudas, utilicémoslas. No desfallezcas cuando veas que no eres capaz de conseguirlo, sigue intentándolo y pregúntate en qué te has podido equivocar.

miércoles, 21 de abril de 2010

4º Domingo de Pascua

Texto: Jn 10, 27-30
En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arre­batará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arreba­tarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno».

Comentario:
Este 25 de abril celebramos el cuarto domingo de pascua.
La verdad es que esta semana me ha costado sentarme a pensar qué tenía que deciros de este evangelio que está tomado de Juan, cap. 10, vs. 27-30. El texto hay que leerlo en el marco de una controversia con los dirigentes judíos que no quieren entender a Jesús, quien les pone el ejemplo de las ovejas que son quienes le entienden, quienes le siguen, aquellas a las que Él conoce.
La imagen recogida es la del Buen Pastor. Esta imagen es propia del ambiente rural en el que Jesús desarrolla su ministerio, pero me gustaría que os fijaseis en el primer versículo: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna”. Si os fijáis no se trata de una relación causa efecto, sino de una concatenación de ideas, de tal forma que el nexo de unión viene marcado por el amor. Así podremos prescindir de la norma, de la ley, esa Ley que traía de cabeza a los judíos. La cuestión central es ¿en dónde basamos la relación con Dios, en el amor como nos propone Jesús o en el cumplimiento de normas, en el temor? ¿escuchamos la voz del pastor porque confiamos en Él o porque le tememos?
La Iglesia muchas veces nos ha enseñado a escuchar esa voz más por temor que por amor, gracias a Dios esos tiempos pasaron y hoy se nos propone más el amor, la confianza que es el tema de este texto, la confianza del Padre en el Hijo. Hoy, al menos para mí, la Iglesia es esa madre que me ha transmitido el mensaje de Jesús, por eso la quiero, porque, como una madre, me ha enseñado a vivir la vida.
No puedo dejar pasar por alto otros matices que tiene esta Palabra de Dios, en el contexto litúrgico de la Pascua nos está recordando la misión de Jesús y de la comunidad. Y por último esa afirmación rotunda, que resuena con fuerza: “Yo y el Padre somos uno”, que nos garantiza que el mensaje, la vida y las obras de Jesús no son meras elucubraciones, sino que tienen sello de garantía, certificado de calidad diríamos hoy, que vienen de Dios y a Él nos llevan.

martes, 13 de abril de 2010

3er Domingo de Pascua

Texto: Jn 21, 1-19
En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?» Ellos contestaron: «No». Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger». Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Vamos, almorzad». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: "Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?" Le dice él: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero." Le dice Jesús: "Apacienta mis corderos." Vuelve a decirle por segunda vez: "Simón de Juan, ¿me amas?" Le dice él: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero." Le dice Jesús: "Apacienta mis ovejas." Le dice por tercera vez: "Simón de Juan, ¿me quieres?" Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: "¿Me quieres?" y le dijo: "Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero." Le dice Jesús: "Apacienta mis ovejas. "En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras." Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: "Sígueme."

Comentario:
El Tercer Domingo de Pascua que celebramos este 18 de abril, leemos el Evangelio de Juan 21, 1-19.
El texto recoge el momento en que una vez resucitado, Jesús se aparece a sus discípulos, quienes llevan a cabo una pesca milagrosa y almuerzan con él; Jesús mantiene un diálogo con Pedro en el que por tres veces le pregunta si le quiere. El diálogo es especialmente rico y lleno de matices. Si nos fijamos bien, las dos primeras veces le pregunta si le ama, la tercera si le quiere. Después de cada contestación Jesús le manda apacentar el rebaño. Al final, le dice a Pedro: Sígueme.
Si nos fijamos bien las analogías con los hechos de la última cena son claros, entonces Pedro no podía seguir a Jesús y lo niega por tres veces, ahora le debe seguir y las negaciones se han convertido en afirmaciones de amor.
Sé que dependerá de la traducción del texto que tengáis, pero me parece especialmente interesante el matiz, por dos veces pregunta si me amas y la contestación de Pedro es: “Sabes que te quiero”, por último Jesús pregunta si le quiere y Pedro se entristece, porque le pregunte por tercera vez. Todos sabemos que querer no es lo mismo que amar. Las preguntas de Jesús van de más a menos implicación y la contestación de Pedro es la misma en las dos primeras: “Si, Señor, sabes que te quiero”. La última cambia porque Pedro se da cuenta de la actitud de Jesús.
Las preguntas de hoy, las ha hecho Jesús… Enrique (poned vuestro nombre) ¿me amas más que estos?... Enrique ¿me amas?... Enrique ¿me quieres?

lunes, 5 de abril de 2010

2º Domingo de Pascua

Texto: Jn 20, 19-31.
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
Comentario:
Este 11 de abril celebramos el segundo Domingo de Pascua y leemos Jn 20, 19-31. El texto recoge dos apariciones del Resucitado una sin estar presente Tomás y la segunda con él. El pasaje en el que Jesús corrobora la fe de Tomás permitiéndole que introduzca sus dedos en las agujeros de los clavos y metiendo su mano en la herida del costado. Por último, el evangelista recoge un pequeño comentario escrito para que podamos descubrir que Jesús es el Hijo de Dios.
Tal vez haya una expresión contenida en este Evangelio que llame poderosamente la atención: “Paz a vosotros”. Esta frase es más que un mero saludo, es más que la ausencia de guerra, es más que paz psicológica, es más que el simple bienestar. Esa Paz es la fuerza que concede al discípulo la capacidad de serlo, de dar testimonio con su vida, de perder el miedo.
Hay quienes nos piden pruebas de la existencia de Jesús, del hecho de su resurrección. Y nosotros les hablamos de estos testimonios porque es lo que buscan. Les hablamos de los textos de Flavio Josefo, de los evangelios, de las fuentes no cristianas, incluso de Eusebio de Cesarea. Pero todos ellos están muertos y no pueden dar otro testimonio que el que dejaron escrito. Y se nos olvida aquello que os trataba de transmitir la semana pasada. Cristo ha resucitado, esto es, está vivo entre nosotros. Evidentemente no lo podemos ver, pero lo podemos experimentar de otras formas y esta experiencia es la que realmente puede valer a quienes nos piden testimonio de nuestra fe. Por ello, si realmente vivimos a Cristo vivo podremos transmitir la experiencia a los demás.
¿Realmente mi vida puede testimoniar que Cristo vive en medio de nosotros?

martes, 30 de marzo de 2010

Pascua de Resurrección

Texto: Jn 20, 1-9
El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no hablan entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
Comentario:
Este 4 de abril celebramos el Domingo de Resurrección y, como siempre, leemos Juan 20, 1-9.
El texto recoge el momento en que las mujeres van al sepulcro y se encuentran la losa corrida, la tumba vacía y van a contárselo a los discípulos. Pedro y el discípulo amado, van corriendo y al verlo vacío creen.
¿Cómo puede una persona situarse ante un hecho tan trascendente, que desafía de tal forma la razón? Pedro y el otro discípulo vieron y luego creyeron. El hecho es innegable, el sepulcro está vacío. Ahora, ¿qué interpretación hacemos de este hecho? ¿Dónde queremos poner el origen de la desaparición de un cadáver? Para el discípulo amado, en el que podemos reflejarnos todos, la explicación más lógica, más completa, con más sentido es la Resurrección. Con ella Dios ha corroborado la vida de Jesús. Si no se hubiese producido hoy no estaríamos hablando de Jesús, Él no podría ser para nosotros un ejemplo a seguir.
Que el amor de Jesús está vivo entre nosotros es una realidad indiscutible, no porque haya algún hecho que lo certifique sino porque la vida de cientos, de miles de personas, lo demuestran con su amor incondicional. La Iglesia ha cuidado y transmitido este amor, y las personas que nos lo han demostrado así lo han entendido. Por ello debemos estarle agradecidos, por ello debemos corresponder a ese amor.Hay un cartel en mi colegio que dice que la amistad es el único activo que se multiplica repartiéndolo, y creo que con el amor pasa lo mismo. Así que la única manera que tenemos de comunicar la Resurrección, el amor de Jesús entre nosotros, es AMANDO. ¿A quién demuestras tu amor? ¿Y con qué finalidad? ¿Es verdadero amor? ¿Ven los demás el amor de Dios resucitado en tu amor?