lunes, 28 de diciembre de 2009

2º Domingo de Navidad

Este 3 de enero celebramos el 2º Domingo de Navidad y le liturgia nos propone el mismo texto que el día de Navidad, el comienzo del Evangelio de Juan, 1, 1-18.
El texto es complicado y cargado de simbología. Ya sabes, “En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios…”. La teología identifica este pasaje con el nacimiento que recogen los evangelios de Mateo y Lucas. Pero yo creo que va más allá. No sólo se plantea de dónde viene este hombre como lo hacen estos evangelistas, sino que se plantea de dónde viene este Dios. Jesús existe desde el principio junto a Dios y con Él, Dios creó todo. Pero llega un momento de nuestra historia en que Dios decide gratuitamente regalarnos a su Hijo. También identifica a este Hijo con la Luz. Y nos relata cómo hay quienes no la aceptan y quienes sí. Quienes no la aceptan son de la tiniebla y los que la aceptan son llamados hijos de Dios, pero no hijos como lo entendemos nosotros, sino de otra forma. Y ese Dios se hace hombre por amos, por nosotros, por los hijos.
De nuevo, la experiencia de la gratuidad en el amor. Algo que para nosotros resulta casi incomprensible, pero que seguro que hemos experimentado en alguna ocasión. Esa experiencia es la que subyace en este texto. Quienes tenéis hijos, seguro que lo entendéis. Dios se hace hombre para que podamos amarlo, porque como dice Juan en una de sus cartas, nadie puede amar a Dios a quien no ve, si no ama a sus hermanos a quienes ve. Las relaciones de amor se dan con personas, no con ideas, por eso Dios se hace hombre.
¿Con qué te relacionas, con personas o con ideas? ¿Dios es para ti una persona o una idea? ¿Eres capaz de amar a las personas a las que ves?

lunes, 21 de diciembre de 2009

Sagrada Familia

El próximo 27 de diciembre celebramos la fiesta de la Sagrada Familia y la liturgia nos propone el texto de Jesús perdido y hallado en el templo en Lc 2, 41-52.
Los padres de Jesús vuelven de Jerusalén y después de un día de camino se dan cuenta que Jesús no iba con ellos. Cuando vuelven a buscarlo, lo encuentran en el Templo discutiendo con los maestros. Ellos le recriminan su actuación y Jesús vuelve con ellos a Nazaret.
Nos encontramos a Jesús hecho ya todo un hombrecito. La Ley mosaica ya le obliga al cumplimento de todos sus preceptos, incluso el de subir a Jerusalén para las fiestas. Y en una de ellas, se pierde. No deja de sorprender que un joven, capaz de codearse con lo más granado del Templo, sea capaz de someterse a la voluntad de sus padres y, a pesar de la contestación propia de un adolescente, vuelva con ellos. También resulta curioso que la reprimenda esté en boca de María y que José no diga nada.
Pero yo me imagino la escena de otra forma, como padre, la primera reacción es coger al chaval y darle un abrazo, luego… un bofetón y, a partir de ahí, ya podríamos haber hablado de lo que hubiese sido. Y, la vuelta, después de la evidente discusión, tensa, el silencio se tendría que poder cortar. Tal vez, el que esos doce años sea la edad de mi hija, me haga verlo así.
La intención del evangelista es clara. Intenta mostrarnos la imagen de una familia normal, con sus pequeñas disputas. Pero también una familia divina, por las palabras de los protagonistas.Una de las características de este texto es el amor que se entrevé en la relación familiar. Y otra, la angustia que se respira en los padres. ¿Qué te angustia? ¿Qué hace que te sientas desasosegado? ¿Buscas a Jesús en esas situaciones como lo hicieron sus padres?

martes, 15 de diciembre de 2009

4º Domingo de Adviento

Este 20 de diciembre celebramos el 4º Domingo de Adviento y leemos Lc 1, 39-45.
De nuevo, el segundo personaje central de todo Adviento, María. Quien viaja para visitar a su prima Isabel, ésta al oír el saludo de María se llenó de Espíritu Santo y la bendijo.
Puede parecernos un texto de transición, sin apenas contenido, para que veamos lo buena que es María al ir a acompañar a su prima o cómo se propaga la noticia de lo que va a suceder, del nacimiento de Jesús.
Pero creo que nada más lejos de la realidad. Lo que en realidad nos propone el Evangelio es, de nuevo, el tema de la fe. Cómo María se fía de Dios y cómo el fiarse de Dios merece la pena, porque sus promesas se cumplen.
Este Adviento se nos ha propuesto todo ese proceso de confianza, un ángel le anunció a María, ésta se fió, y Dios le concede el vislumbrar lo que va a ser el cumplimiento de esa promesa en su prima. En todo el Adviento hay otra figura omnipresente: Juan. Este último domingo no es menos. Juan que nos ha estado señalando a Jesús, entre los hombres, vuelve a señalarlo alegrándose por la visita en el seno de su madre.
La confianza de María es modelo para todos nosotros. No es cuestión de fiarse a ciegas, María sabía de quién se fiaba, aquel de quien se fió merecía que se fiasen de Él.
La cuestión para nosotros es si sabemos dónde depositamos nuestra confianza. Si nosotros también hemos dicho que “sí” a Dios, si nos hemos convertido como nos pedía Juan la semana pasada, Jesús se encarnará en nuestras vidas y “esa” gracia que necesitamos de Dios para que nuestra conversión sea perfecta se nos concederá.¿En quién confías? ¿En qué ha consistido tu conversión? ¿Te sientes preparado para recibir a Jesús en tu vida?

lunes, 7 de diciembre de 2009

3er. Domingo de Adviento

Este 13 de diciembre celebramos el tercer domingo de adviento, el domingo Gaudete, y leemos Lc 3, 10-18.
El texto recoge la prometida explicación de en qué consiste la conversión que se nos anunciaba la semana pasada. Cuando ante esta predicación, la gente confunde a Juan con el Mesías, Juan les hace mirar hacia alguien sobre quien él no tiene ningún derecho, alguien que es quien ostenta el verdadero poder. Al que él sólo puede señalar entre el pueblo.
Juan nos dice que la conversión consiste en que podemos hacer las cosas de otra forma, que tenemos otro modo de hacer las cosas. Nos invita a compartir, a ser honestos, a dirigir nuestros actos pensando en los demás, a cambiar para dirigir nuestras vidas en función no sólo a nosotros mismos. Y Juan nos lo demuestra con el ejemplo. Él podría dejarse llevar por la gente pensando sólo en sí mismo y, sin embargo, señala hacia otra persona, la que realmente puede llevarnos al perdón de los pecados que era el objetivo de ese cambio de conducta, de la conversión.
Juan nos señala a Jesús presente en medio de nosotros, al que esperamos en su segunda venida. A Él, a Jesús, le reconoce el poder de convocar en torno a sí al Pueblo de Dios. Juan, sabedor de su función, “confía”, espera y cumple su misión fiándose de que la función que Dios le encomendó tendrá su recompensa. Sin más satisfacción que la de saberse pregonero de su Palabra entre nosotros.
¿Eres un instrumento del Dios que viene como Juan? ¿Qué es lo que tienes que hacer tú para que este mundo sea más justo? ¿Qué puedes hacer por los demás? ¿Por qué no lo haces?

lunes, 30 de noviembre de 2009

2º Domingo de Adviento

Este 6 de Diciembre, además de la Constitución, celebramos el 2º Domingo de Adviento y la liturgia nos ofrece el texto de Lucas 3, 1-6.
El texto comienza poniéndonos en situación, casi de una forma obsesiva. Sitúa la acción en un momento y lugar muy determinados. Pues bien, en ese preciso momento y lugar vino la Palabra de Dios a Juan el que predicaba un bautismo de conversión para que se nos perdonen los pecados. Y como dijo el profeta Isaías a nosotros nos corresponde preparar el terreno para que Dios llegue a nuestros corazones.
La figura de Juan anunciando y profetizando me hace pensar en la figura del profeta. Un profesor me dijo que los profetas eran esas personas que tenían un olfato especial para percibir lo que sucedería si no se modificaban determinadas actitudes. Pero hace poco, repasando un diccionario de teología, me he encontrado con una definición tal vez más acorde al sentido de hoy. El profeta es esa persona que recibe la Palabra de Dios y desde ese momento no puede hacer otra cosa que pregonar esa voluntad que no es la suya. Esto es lo que le sucede a Juan: anuncia lo que Dios quiere, la conversión. La semana que viene veremos más en qué consiste. De momento, nos basta con entender que la manifestación física de esa conversión es el bautismo, y que la finalidad del cambio que nos pide es que se nos perdonen nuestros pecados. Casi me da lástima que, cada día más, pensemos que no tenemos pecados. Porque si no tenemos pecados no necesitamos convertirnos para nada, pero parece que todos necesitamos cambiar cosas en nuestras vidas para poder, como dice Isaías, preparar el camino al Señor Jesús que viene. Todos necesitamos amar más, a más gente, más desinteresadamente, aunque esto nos parezca imposible, por nuestra condición humana, para prepararnos a esta venida de Jesús a nuestros corazones que se nos ofrece esta Navidad.
¿Qué necesitas cambiar en tu vida? ¿Qué pecados necesitas que se te perdonen? ¿Qué significa para ti, tu bautismo?

lunes, 23 de noviembre de 2009

1er. Domingo de Adviento

Este 29 de noviembre comenzamos un nuevo ciclo litúrgico, el C, cuyo evangelista es Lucas. Y comenzamos también un nuevo tiempo litúrgico, el Adviento, en el que la dinámica es que Dios va a cumplir sus promesas y la invitación permanente a la vigilancia, a estar atentos, preparados.
El evangelio de este primer Domingo de Adviento está tomado de Lucas 21, 25-28.34-36. Y en la primera parte, parece que siguiésemos con el lenguaje apocalíptico de la semana pasada, describiendo una serie de signos; y en la segunda se nos intenta implicar en el texto, se nos invita a la vigilancia. El día que veamos esos signos debemos estar orgullosos porque se acerca nuestra liberación. Como todo lenguaje apocalíptico esconde un mensaje de esperanza, de ánimo para quienes están sufriendo persecución.
En el contexto del adviento este evangelio nos invita a estar atentos a los signos de la venida del Señor, a no perder la confianza. El Mesías viene a nosotros y no nos abandona. Él viene a nosotros para liberarnos de las penurias que por nuestra condición de discípulos podamos sufrir. Él viene a nosotros para que no nos olvidemos que él está a nuestro lado, que viene junto a nosotros para que no nos perdamos por el camino.
Jesús es quien debe orientar nuestra vida, debe ser quien nos muestra el camino hacia el Amor. Es el único que puede hacer que desarrollemos nuestra única vocación, ser personas en plenitud, como Él lo fue y lo sigue siendo para nosotros.
El anuncio de la venida de Jesús hay a quienes les puede causar temor, pero para quienes confiamos en Él sólo nos puede generar paz. ¿Qué sentimientos te provoca a ti?

lunes, 16 de noviembre de 2009

Solemnidad de Jesucristo Rey

Este 22 de noviembre finaliza el año litúrgico con la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo y lo hacemos leyendo el Evangelio de san Juan, capítulo 18, versículos 33-37.
El texto recoge el momento del interrogatorio de Poncio Pilato a Jesús, en el que le pregunta si es el Rey de los Judíos y Jesús le contesta que su reino no es de este mundo. Todo este año hemos estado leyendo el Evangelio de Marcos, que gira de forma casi compulsiva en torno al tema del Reino de Dios. Pero la solemnidad de este día poco tiene que ver con ello. Creo que en alguna ocasión ya os he comentado que esta solemnidad se instituyó a principios del s. XX cuando las monarquías que apoyaban al papado empezaban a estar en decadencia y éste quiso manifestarles así su protección. Posteriormente se trasladó al último domingo del tiempo ordinario para resaltar el carácter cósmico y escatológico del reinado de Dios.
Pero el texto de hoy no nos habla de un Cristo Rey, sino de un Jesús que prefiere ser testigo de la verdad, de una verdad con mayúsculas, y esta verdad no es otra que la que recoge al principio de este Evangelio de Juan, que Él, Jesús, nos ha dado a conocer el rostro de Dios. Y como recoge la primera carta de Juan ese rostro es el del hermano porque “nadie puede amar a Dios a quien no ve, si no ama al hermano al quien ve” (1 Jn 4,20). En esto es en lo que consiste la instauración del Reino de Dios. Y es una tarea que no podemos delegar. Nos corresponde a cada uno de nosotros. Yo sé que no puedo amar en la misma medida que Jesús me ha amado, pero el Reino de Dios se implanta en la medida en que amamos a los hermanos por eso: ¿Qué haces por implantar ese Reino? Lo único que podemos hacer es amar en nuestra medida a quienes nos rodean, a quienes se relacionan con nosotros, ¿amas a quienes tienes a tu lado?