jueves, 28 de abril de 2011

2º Domingo de Pascua

Texto: Jn 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Comentario:

Este 1º de mayo celebramos el 2º Domingo de Pascua y la liturgia nos ofrece el texto de Juan 20, 19-31, que recoge el momento en el que Jesús se aparece a los discípulos sin que esté Tomás y, luego, a la semana siguiente se vuelve a aparecer para que Tomás crea, es un fragmento que podríamos utilizar también para Pentecostés, porque Jesús les deja su Espíritu. Pero si algo destaca de este Evangelio, además de la incredulidad de Tomás, es la Paz. Por dos ocasiones Jesús les intenta transmitir a esos discípulos su Paz. Una paz que va más allá de la paz psicológica de estar a gusto, de no tener conflictos, esa Paz que en alguna ocasión hemos podido llegar a intuir es esa fuerza que da el saberse libre para actuar. Creo que en ese momento los discípulos caen en la cuenta de que como Jesús ha resucitado, también ellos pueden hacerlo, eso les da la libertad para anunciar el mensaje que Jesús les ha encomendado, para llevar a cabo su tarea. A esa paz se refiere el texto, a la que me permite dar testimonio de la Resurrección, reconocer a Jesús como el Señor de mi vida.

Y por otro lado está el tema de Tomás. Creo que todos somos Tomás. Todos, por lo menos yo necesito conocer para creer. En más de una ocasión, os he comentado que para entender la relación con Dios, debemos fijarnos en las relaciones humanas, concretamente en las que se dan en pareja. Pues bien, entre nosotros difícilmente podemos llegar a querer, a amar aquello que no conocemos. Pues con Dios nos pasa lo mismo, si no lo conocemos, si no llegamos a vislumbrarlo un poquito, difícilmente podremos llegar a amarlo. Amaremos otras cosas, otras imágnes falseadas de Dios, pero no a Dios. En este sentido somos todos Tomás. Como dice el propio Jesús: “Dichosos los que crean sin haber visto” pero eso es un regalo del que no todos podemos disfrutar. La mayoría necesitamos conocer, sentir, experimentar… podemos pedir ese regalo, ese don, pues sí; pero mientras llega no podemos dejar de Confiar después de haber intuído lo que hay en esa unión con Dios.

¿Necesitas o no ver para creer?

martes, 26 de abril de 2011

Domingo de Pascua

Texto: Jn 20,1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos co­rrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el sue­lo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabe­za, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado pri­mero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Comentario:

Este 24 de abril celebramos la Pascua de Resurrección. El texto, como siempre, Juan 20, versículos del 1 al 9.

En sí, nos narra cómo María Magdalena acude al sepulcro y al ver que estaba vacío piensa que han robado el cadáver, acude a avisar a Pedro y éste acude con otro discípulo, con el que nos podemos identificar (por eso el evangelista no le pone nombre), para ver lo sucedido y, entonces el discípulo entiende lo sucedido, entiende lo que Jesús dijo, entiende las Escrituras.

El evangelio nos pide un paso muy pequeño en la fe, sólo se nos constata el hecho del sepulcro vacío, el discípulo hace la lectura creyente del hecho al comprender lo que decían las Escrituras, que Jesús tenía que morir para Resucitar al tercer día. Todo lo contrario del texto del sábado por la noche, donde Mateo nos ha confrontado con el hecho de la Resurrección.

Podríamos centrar el comentario en muchos aspectos: que la primera persona que proclamó el Evangelio fuese una mujer, en la relectura de las Escrituras que se nos abre, en el hecho de que Pedro llegue más tarde o que viendo lo visto no lo comprenda, en la concepción dualista del hombre que este texto viene a destruir porque resucita el hombre entero, cuerpo y alma… Pero os propongo que nos fijemos en lo que el hecho de “creer” en la Resurrección supone en nuestra vida. El creer en Resurrección supone modificar nuestra forma de concebir el misterio de la vida y la muerte del hombre, la vida tiene un sentido, la esperanza; y la muerte también, la “Vida”. Nuestra existencia tiene un sentido nuevo a la luz de la Resurrección de Cristo.

Un sentido liberador, que nos permite actuar pensando no en lo que nos pueda pasar en esta vida, sino que podemos hacer lo que debemos hacer ya que nuestro final no es la muerte, sino una vida en plenitud en la que, ahora, sólo podemos creer y vivir en consecuencia.

sábado, 16 de abril de 2011

Domingo de Ramos

N. B.: En el Evangelio de hoy se lee la Pasión según san Mateo (Mt 26,14-27,66), el comentario lo centraremos en el texto evangélico de la Bendición de los Ramos.

Texto: Mt 21, 1-11
Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó dos discípulos, diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis en seguida una borrica atada con su pollino, desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto». Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el profeta: «Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila”». Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!» Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada: «¿Quién es éste?» La gente que venía con él decía: «Es Jesús, el Profeta de Nazaret de Galilea».

Comentario:

Este 17 de abril celebramos el Domingo de Ramos y el texto propio de hoy es Mateo 21, 1-11.

El texto nos presenta la Entrada de Jesús en Jerusalén, Mateo se esfuerza por que en este hecho se cumplan las profecías del Antiguo Testamento.

El día de hoy supone el pistoletazo de salida, el comienzo de la semana grande para todos los cristianos. En ella revivimos los hechos centrales de la muerte y Resurrección de la Palabra de Dios hecha carne en Jesús de Nazaret.

La gente de la época estaba esperando a un liberador, a un mesías político. Pero Jesús hacía tiempo que había hecho su opción por un mesianismo pobre y humilde, que hacía intuir el final que se aproximaba. Los judíos acudían en masa para celebrar su fiesta de la liberación, en la que recordaban la que había sido hasta el momento la principal intervención de Dios en su favor.

Pero lo realmente importante del texto es lo que supone para nosotros. Para nosotros hoy esta fiesta supone que Jesús, el Hijo de Dios, asume libremente, por amor, un destino que le llevará al Viernes Santo. Todo lo que había hecho y dicho hasta el momento le lleva a dos gestos que serán el motivo final de su arresto: la expulsión de los cambistas del templo y la parábola de los viñadores homicidas.

El hecho es que Jesús acepta la voluntad del Padre, la asume como propia.

Seguro que a nosotros nos cuesta más descubrir esa voluntad del Padre, pero cuando la percibimos también nos resistimos a aceptarla, nos cuesta. ¿Por qué nos cuesta asumir como propia esa voluntad que nos ha demostrado tantas veces que sólo busca nuestra felicidad, nuestro bien?

jueves, 7 de abril de 2011

5º Domingo de Cuaresma

Texto: Jn 11,3‑7.17.20‑27.33b‑45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo». Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea». Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día». Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?» Le contestaron: «Señor, ven a verlo». Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!» Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?» Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: «Quitad la losa». Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días». Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera». El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar». Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Comentario:

Este 10 de abril celebramos el 5º Domingo de Cuaresma y leemos, en la versión larga del texto Jn 11,3-45, la Resurrección de Lázaro. Es el séptimo signo que escribe Juan en su Evangelio, esto es el signo culminante. Pero a pesar de que la liturgia y la tradición nos hablen de resurrección, es más propio hablar de resucitación. Como siempre, especialmente en Juan, los signos están en función de revelar la identidad de Cristo-Jesús. Un Jesús que, en este texto, revela sus dos naturalezas: la humana, llorando y la divina, resucitando a Lázaro.

La experiencia de la muerte es crucial para todos nosotros, lo que ocurre después es un misterio, lo que cada uno de nosotros esperamos de la fe en la resurrección es distinto y las experiencias y sentimientos que genera en nosotros nos configuran la vida. Según afrontemos esta fe nuestra vida se vivirá en la plenitud que nos permite disfrutar el saber que lo esencial no acaba aquí, sino que continúa aunque no sepamos cómo. O, puede hacer que nuestra vida se vaya amargando conforme vamos contemplando la decrepitud de nuestro cuerpo. Sea como sea, el texto de hoy nos invita permanentemente a eso, a creer que nuestra realidad no se acaba en este cuerpo que con el paso de los años se va estropeando, va enfermando y acaba como Lázaro en el sepulcro. Si algo nos enseña nuestra fe es eso… que nuestra vida no acaba en el sepulcro que continúa más allá si creemos en Jesús como el enviado de Dios.

Esa es la Resurrección en la que creo, ese final maravilloso del que hablaba un amigo mío, ese encuentro personal con Dios, esa vida en él, en la Vida, con mayúscula.

¿Qué concepción de la resurrección tengo? ¿Cómo preparo mi corazón para vivir esta Semana Santa, para revivir la Resurrección con mayúsculas que experimentó Cristo?

4º Domingo de Cuaresma

Texto: Jn 9, 1-41
En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?» Jesús contestó: «Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)». Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?» Unos decían: «El mismo». Otros decían: «No es él, pero se le parece». Él respondía: «Soy yo». Y le preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?» Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver». Le preguntaron: «¿Dónde está él?» Contestó: «No sé». Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo». Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?» Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?» Él contestó: «Que es un profeta». Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?» Sus padres contestaron: «Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse». Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él». Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo». Le preguntan de nuevo: ¿«Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?» Les contestó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?» Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene». Replicó él: «Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder». Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?» Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él. Jesús añadió: «Para un juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos». Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?» Jesús les contestó: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste».

Comentario:
Este 3 de abril celebramos el 4º Domingo de Cuaresma y leemos Juan 9, versículos del 1 al 41.
De nuevo nos encontramos con un texto amplio. En esta ocasión nos encontramos con un signo de las obras de Dios, la curación de un ciego de nacimiento al que envía a lavarse a la piscina de Siloé, que quiere decir “el Enviado”. Lo hace en sábado, y esto lleva a una controversia con los fariseos que le cuesta al ciego la expulsión de la comunidad judía.
El pasaje le sirve al evangelista para jugar con una paradoja: el ciego ve y los que no están ciegos ven.
Nos encontramos con diferentes actitudes ante la figura de Jesús, unos lo ven como maestro, otros como pecador, pero sólo el ciego lo ve como el enviado. Sólo los que tienen la humildad de reconocerse vinculados al Señor son capaces de descubrir la verdadera identidad de Jesús como señor de todas las cosas.
Lo cierto es que la enseñanza para nosotros hoy en esta cuaresma es que tenemos que despojarnos, que tenemos que abandonar nuestras seguridades, nuestros conocimientos, reconocer nuestra ceguera para poder ver, porque son, o somos quienes nos creemos en posesión de la verdad, quienes de verdad están ciegos, quienes como los fariseos no se enteran de qué va la fiesta.
La pregunta, en estos días de cuaresma, es sencilla ¿en qué grupo te sitúas? ¿estás dispuesto a perder tus seguridades? ¿te reconoces ciego o estás ciego?

martes, 22 de marzo de 2011

3 er. Domingo de Cuaresma

Texto: Juan 4,5‑15.19b‑26.39a.40‑42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Porque los judíos no se tratan con los samaritanos. Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?» Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que ve­nir aquí a sacarla. Veo que tú eres un profeta. Nuestros padres die­ron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salva­ción viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Pa­dre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad». La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo». En aquel pueblo muchos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

Comentario:

Este 27 de marzo celebramos el 3 er. Domingo de Cuaresma y leemos el pasaje de la Samaritana en Juan capítulo 4 vv. del 5 al 42.

En el marco de la cuaresma se nos ofrece este texto como clave de nuestro camino hacia la Pascua. Y ese camino pasa por reconocer en Jesús al Señor de nuestras vidas. Por descubrir en Él a aquel que puede satisfacer todas nuestras necesidades, como el que nos conoce de tal forma que nos puede satisfacer en todos los aspectos de nuestra vida. El texto nos muestra cómo todos, cualquiera, tenga la condición que tenga, podemos obtener esa revelación, cuanto más sencillos seamos, mejor, para llegar a confesar a Jesús como Señor de mi vida.

El pasaje nos presenta el proceso que se sigue para llegar a esa confesión, para obtener esa revelación. Al principio, el diálogo parece imposible. Jesús, en un primer momento, suscita la curiosidad en la samaritana, y comienza el diálogo, para después pasar a tocar su corazón, mostrando la esencia de su ser. Una vez que Dios ha entrado en nuestras vidas, no podemos sacarlo de ahí. Una vez que nos ha tocado el corazón no podemos por menos que pregonarlo.

Como telón de fondo está el tema del deseo, de la satisfacción del deseo, aunque sea de una necesidad tan humana como el beber. Y, ya sabéis, lo que eso supone. Nuestro deseo es insaciable y debemos de educarlo.La samaritana encontró la verdadera fuente de agua viva y su sed se calmó. Nosotros la tenemos permanentemente al alcance de la mano, y sin embargo, no nos paramos en el camino junto a ese hombre que espera en el pozo, signo de vida.

¿Reconoces a Jesús como Señor de tu vida? ¿Tienes curiosidad por Él? ¿Has dejado que toque tu corazón, que te conozca? ¿Te conoces a ti mismo para que Él pueda llegar a conocerte?

miércoles, 16 de marzo de 2011

2º Domingo de Cuaresma

Texto: Mt 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo». Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos».

Comentario:

Este 20 de marzo celebramos el 2º Domingo de Cuaresma y leemos el episodio de la Transfiguración en Mateo 17, 1-9.

Nos encontramos a Jesús en una montaña con Pedro, Santiago y Juan, ellos serán testigos de excepción de una manifestación de Dios, que les revela la identidad de su Hijo. Jesús aparece superando a la Ley y los Profetas, cuando aparece entre Moisés, que representa la Ley, y Elías, que representa a los Profetas.

Pero si hay algo en el texto que nos llame la atención es esa afirmación de Pedro: “Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas…” Con esta imagen, Mateo nos quiere transmitir el bienestar que sentirían los apóstoles en aquella situación. Pero Jesús tan apenas les deja disfrutar de ella. Al instante, la voz de Dios revela la identidad de Jesús y les devuelve a la realidad.

Si algo tiene de bueno nuestro cristianismo, es precisamente esto, que nos eleva hasta Dios e inmediatamente nos devuelve a la realidad, no nos deja quedarnos en ese éxtasis contemplativo, sino que nos envía al mundo real. Nuestra fe no tiene sentido sino en el mundo, y sólo tendremos que salir de él para, en momentos puntuales, recargar las pilas, acercarnos a Dios y mantener así la relación de amistad que Él inició con nosotros.

Jesús prohíbe a sus discípulos que hablen de esta visión hasta que resucite de entre los muertos. El mismo texto nos devuelve a la cruda realidad, estamos en el camino hacia la Cruz, pero en ella está la semilla de la espera y la esperanza.

En este tiempo en que se nos invita a la conversión, ¿vuelves a la realidad con fuerzas renovadas? ¿Tu conversión se manifiesta en acciones o ha cambiado algo en tu corazón, se han modificado tus actitudes?